el FIN · de la procrastinación

Por Jacob Morales · 6 min de lectura

Autoexigencia: qué es y cuándo te hace procrastinar

La autoexigencia es la presión que te pones a ti mismo para cumplir con un estándar que tú defines. Puede moverte durante años. Y puede llevarte a aplazar justo lo que más te importa, cuando lo que te pides supera lo que puedes sostener.

Qué es la autoexigencia

La autoexigencia, en su significado más directo, es el nivel de esfuerzo y de resultado que te pides a ti mismo sin que nadie te lo imponga desde afuera. Como definición: la tendencia a fijarte metas altas y a juzgarte según las cumplas o no.

Por sí sola, puede jugar a tu favor o en tu contra. La pregunta útil es cuánto de lo que te pides cabe hoy en tu día, en tu cuerpo y en tu energía. Cuando no cabe, algo tiene que ceder. Muchas veces lo que cede es la tarea, y a eso lo llamas procrastinación.

Autoexigencia positiva y autoexigencia excesiva

La autoexigencia positiva te pide un poco más de lo que haces hoy sin pasar por encima de tus límites; la excesiva los ignora hasta que te rompe. Joachim Stoeber y Kathleen Otto (2006) distinguieron dos caras del perfeccionismo que sirven aquí: el esfuerzo por alcanzar estándares altos, que suele ir con buenos resultados, y la preocupación constante por fallar y por cómo te juzgan, que suele ir con malestar. La distinción es útil. Lo que deja sin decir es dónde está la línea en tu martes concreto, con tu cansancio y tus pendientes.

Esa línea suele hacerse visible como procrastinación. La autoexigencia destructiva tiene dos caras. Una se ve: te pides tanto que te paralizas y aplazas. La otra se ve menos: te vuelcas sin límite en una sola cosa y aplazas todo lo demás. Trabajas catorce horas en el proyecto y dejas para después el médico, la comida, el tiempo con tus hijos. Eso también es procrastinar, por exceso. → Tipos de procrastinación

La Cábala describe la creación con dos movimientos que se necesitan: expandirse y contraerse. Una persona funciona parecido. Si se expande sin límite, haciendo todo a la vez y sin pausa, termina aplazando. Si se contrae sin límite, evitándolo todo, también. En los dos extremos aparece la procrastinación, como aviso de que pasaste un borde.

Autoexigencia y perfeccionismo

La autoexigencia y el perfeccionismo se parecen, pero miden cosas distintas: la autoexigencia mide cuánto te pides, y el perfeccionismo, qué tan impecable tiene que quedar el resultado. Paul Hewitt y Gordon Flett (1991) describieron tres formas de perfeccionismo: el que te exiges a ti, el que exiges a los demás y el que crees que los demás esperan de ti. Las tres pueden alimentar la autoexigencia.

Donde se cruzan aparece una frase conocida: si no puedo hacerlo perfecto, prefiero no empezar. Mientras no empiezas, el resultado perfecto sigue siendo posible. En cuanto empiezas, aparece la versión real, con sus fallas. Aplazar protege la imagen y te deja sin la obra. → Perfeccionismo

Antes de ser procrastinador fuiste finalista

Antes de ser procrastinador fuiste finalista: alguien que dejaba todo para el final porque creía que podía hacer en una noche lo que pedía meses. A mí me decían Mister Finalista. Estudiaba la noche antes del examen. Hacía en un día trabajos de un semestre. Y a veces salía bien. Esa fue la peor lección de mi vida: aprendí que mis límites no importaban.

Lo engañoso es que la vida a veces te da la razón. Te preguntan justo los cinco temas que alcanzaste a repasar. Entregas a las seis de la mañana y apruebas. Cada vez que te sale, se refuerza la idea de que puedes con todo. Roger Buehler, Dale Griffin y Michael Ross (1994) estudiaron algo parecido, la falacia de la planificación: las personas subestiman el tiempo que les va a tomar una tarea, aun recordando que la última vez también se quedaron cortas. Describe bien el error. Deja abierta la pregunta de por qué lo repites cuando ya lo viviste.

Después el finalista crece. Compra el curso para montar un negocio en treinta días. Se promete bajar de peso en una semana. Quiere ganar un millón el primer año sin renunciar a nada de lo que tenía. En mi caso, cuando llegué a la universidad el monstruo ya había crecido lo suficiente: tardé doce años en terminar una carrera de cinco.

Quienes me conocían decían que tenía mucho potencial. Lo decían con cariño. Con los años esa frase se volvió una deuda: cada día que no la cumplía, la distancia entre lo que podía ser y lo que hacía pesaba más.

Y ahí aparece la fractura. Cuando intentas pasar por encima de tus límites y fallas, lo más común es concluir que algo está mal en ti, mucho antes que pensar que te pediste demasiado. Aparecen frases como “no soy suficiente”, “no tengo talento” o “soy un impostor”. Son la factura de haberte exigido más de lo que podías cargar. → Síndrome del impostor

Causas de la autoexigencia

Las causas de la autoexigencia que más se mencionan son la educación recibida, el miedo a decepcionar, la necesidad de aprobación y la comparación con otros. Hoy la comparación tiene una fuente inagotable. En redes vas a encontrar a alguien que se levantó a las cinco, facturó su primer millón y corrió antes del desayuno. Abundan las promesas de resultados enormes sin camino largo: millonario en un mes, delgado en siete días, famoso después de un curso.

Debajo de esas causas hay una creencia que casi nadie dice en voz alta: que no tienes límites, que con suficientes ganas puedes con todo. Tu cuerpo te limita. Tus miedos te limitan. Tu capacidad de concentrarte y de sentir también. Aceptarlo puede sentirse como rendirse, y es justo lo que te deja ver cuáles de esos límites puedes mover con entrenamiento y cuáles toca respetar hoy.

Personas autoexigentes: señales

Estas son señales frecuentes en las personas autoexigentes:

Si varias se repiten en tu vida y vienen con ansiedad constante, insomnio o un cansancio que el descanso no quita, conviene consultar a un profesional de la salud mental.

Cómo dejar de ser tan autoexigente

Para dejar de ser tan autoexigente, mide lo que te pides con lo que puedes sostener hoy y cumple eso, aunque parezca poco. Cambiar la noche heroica por una hora diaria puede sentirse como perder, y esa hora es la primera promesa que de verdad vas a cumplir.

Ahí está la otra mitad del asunto. La autoexigencia excesiva va gastando la confianza en ti. Cada vez que te prometes lo imposible y fallas, aprendes que tu palabra contigo vale poco. La confianza se reconstruye al revés: cumpliendo lo pequeño que te prometiste, un día y otro. Hacerlo lo mejor que puedas hoy, con lo que tienes hoy.

Ser honesto con tus límites funciona como un mapa, y pide cuidado para no usarlo de excusa. “Estoy cansado, así que no hago nada” usa el límite para escapar. “Estoy cansado, así que hago lo que puedo con lo que me queda” lo respeta. Los límites se mueven con entrenamiento, despacio, y el esfuerzo sigue ahí. Lo que cambia es que dejas de pelear contra tu propia medida. → Cómo dejar de procrastinar

Seguramente hoy tienes algo pendiente que te prometiste hacer en grande. Mira cuánto de eso cabe hoy. Esa porción, la que sí puedes cargar, es la que tienes enfrente ahora. Si quieres entender por qué la procrastinación aparece justo ahí, empieza por qué es y para qué existe.