el FIN · de la procrastinación

Por Jacob Morales · 7 min de lectura

Procrastinador: qué es y por qué la etiqueta te miente

Un procrastinador es una persona que aplaza de forma habitual lo que se propone hacer, aun sabiendo que aplazarlo la perjudica. Es la palabra que usamos cuando ya nos cansamos de explicar por qué el gimnasio sigue para el lunes. Nombra algo real. El problema empieza cuando pasa de describir lo que haces a definir quién eres.

Qué es un procrastinador

Un procrastinador es alguien que, con frecuencia, deja para después algo que decidió hacer, sin una razón que lo justifique y sintiéndose mal mientras lo deja. La palabra viene de procrastinar, que en latín significa empujar algo hacia mañana. → Qué es la procrastinación

La psicología usa una definición parecida. Piers Steel (2007) habla de posponer de forma voluntaria algo que uno pretende hacer, aun sabiendo que el retraso traerá consecuencias negativas. Katrin Klingsieck (2013) agrega un detalle que importa: para que haya procrastinación tiene que haber malestar. Si aplazas y te quedas en paz, lo más probable es que estés postergando por una buena razón. → Postergar vs procrastinar

Ese malestar es la pista. El procrastinador sabe lo que quería hacer, sabe lo que hizo en su lugar y siente la distancia entre las dos cosas. Eso revela algo que la etiqueta tapa: dentro de quien procrastina sigue viva la voluntad de hacer. Sin ella, no habría nada que aplazar.

Procrastinadora, procrastinado: cómo se usa la palabra

Procrastinador y procrastinadora son las formas masculina y femenina para la persona que procrastina: “es muy procrastinador”, “soy procrastinadora”. Procrastinado es el participio y se aplica a la cosa aplazada: un proyecto procrastinado, una llamada procrastinada durante meses.

Por eso suena raro decir “estoy procrastinado”. Lo que se suele querer decir es “estoy procrastinando”, en presente, mientras pasa. El verbo se escribe con dos erres: procrastinar. Procastinar es un error frecuente.

En esa gramática hay un detalle que vale la pena mirar. Procrastinando describe un instante. Procrastinador describe una identidad. La primera palabra te deja algo que hacer ahora. La segunda te deja una explicación.

Cómo saber si eres procrastinador

Sabes que estás procrastinando cuando aplazas algo que decidiste hacer, nada te obliga a aplazarlo, conoces lo que te va a costar, lo aplazas igual y después te sientes mal. Son, en resumen, los siete rasgos que Klingsieck (2013) encontró en las definiciones más citadas.

Puedes revisarlos con un ejemplo tuyo:

La psicología mide esto casi siempre con cuestionarios en los que la persona se evalúa a sí misma (Lay, 1986; Steel, 2007). Funciona hasta cierto punto. Cuando se compara lo que la gente dice con lo que hace, aparecen diferencias: unos se ven más procrastinadores de lo que son y otros menos. Klingsieck lo reconoce: decidir si una demora es procrastinación depende de las normas internas de quien la vive. Desde afuera es muy difícil saberlo.

Eso tiene una consecuencia práctica. Preguntarte si eres procrastinador te obliga a juzgar toda tu vida. Preguntarte qué aplazaste hoy, cuándo te diste cuenta y qué elegiste en ese momento te lleva a algo que sí puedes responder.

Nadie procrastina el 100 % del tiempo

Nadie aplaza todo lo que se propone: incluso quien se define como procrastinador cumple cada día muchas cosas que decidió hacer. Te levantas, comes, contestas el mensaje de alguien que te importa, llegas a tiempo a ciertas citas. Esas también son decisiones, y las cumples.

Klingsieck (2013) estudió la procrastinación en distintas áreas de la vida y encontró que la gente aplaza más en unas que en otras. Lo describe bien. Lo que deja sin responder es qué cambia, dentro de la misma persona, entre el momento en que cumple y el momento en que aplaza.

Piensa en ti en dos días distintos. El día que fuiste al gimnasio y el día que te quedaste en el sofá. Tenías el mismo cuerpo, la misma información y probablemente el mismo cansancio. Algo distinto pasó en el instante de elegir. Si fueras procrastinador de forma completa, el primer día no habría existido.

A mí me decían Mister Finalista. Lo que debía hacer en meses lo hacía en una noche. Visto de afuera, eso es un procrastinador de manual. Visto de cerca, también era alguien que entregaba. Las dos cosas eran verdad a la vez, y la etiqueta solo guardaba una.

Lo que percibes de ti es verdad en el contexto donde lo percibes. Si aplazas el gimnasio, en ese momento es verdad que lo aplazas. La trampa aparece cuando conviertes esa verdad parcial en la verdad completa sobre quién eres.

De “soy procrastinador” a “me fallé”: por qué cambia todo

Pasar de “soy procrastinador” a “me fallé” cambia todo porque mueve el problema de tu identidad a un momento concreto en el que elegiste. “Soy procrastinador” lo explica todo y no te pide nada. “Me fallé” señala qué te prometiste, cuándo y qué hiciste en su lugar.

La etiqueta tiene dos trampas. La primera es que es falsa en sentido literal: nadie aplaza el cien por ciento del tiempo. La segunda pesa más: refuerza la idea de que fallarte es lo normal en ti. Cada vez que aplazas, la etiqueta se confirma. Cada vez que cumples, la etiqueta lo descarta como excepción: fue suerte, ese día estaba inspirado, eso era fácil.

Ahí está la parte más fina. Para sostener “soy procrastinador” usas tu propia capacidad de decidir. Decides que eres eso. Usas justo lo que podría llevarte a elegir distinto para atarte a una sola forma de elegir.

Quienes me conocían decían que tenía mucho potencial. Lo decían con cariño. Mis parejas pensaban otra cosa: este nunca hace lo que dice. Las dos frases eran etiquetas. Ninguna me ayudó a ir al gimnasio el martes.

“Me fallé” es más incómodo. Te pone frente a una promesa concreta y frente a quien la rompió: tú. También es más honesto, y tiene una ventaja que la etiqueta no tiene: un fallo ocurre en un instante, y el instante siguiente sigue abierto. Esa es la diferencia entre una sentencia y un hecho.

Decirlo sirve para mirar. La culpa que suele venir después tiene su propia función, y vale la pena escucharla sin convertirla en castigo. → Sentimiento de culpa

La confianza contigo se construye en esos momentos en que estás a solas contigo y decides si te fallas o no. Nadie más los ve. Por eso la etiqueta sirve tan poco: mira desde afuera algo que pasa adentro.

Preguntas frecuentes

¿Cómo dejar de ser procrastinador?

Dejas de ser procrastinador, en el sentido que importa, cuando dejas de definirte así y empiezas a mirar cada instante en que eliges. Aplazar va a seguir apareciendo y hacer va a seguir costando esfuerzo. Lo que cambia es dónde pones la atención: en lo que estás eligiendo ahora, con lo que tienes ahora. → Cómo dejar de procrastinar

¿Se nace procrastinador?

Se nace con cierta inclinación, y esa inclinación se entrena hacia un lado o hacia el otro con lo que haces cada día. Un estudio con gemelos (Gustavson y colegas, 2014) encontró que la tendencia a aplazar tiene un componente heredado y que comparte raíz con la impulsividad. Un análisis posterior, con muestras mucho más grandes, encontró ese vínculo genético bastante más débil. Eso describe una tendencia. Deja sin responder qué haces tú a las seis de la tarde, cuando toca ir al gimnasio.

Piensa en dos músicos que quieren tocar la misma pieza. Los dos tienen manos, oído y ganas. Uno la toca como quien lleva años practicando. El otro, como quien la acaba de memorizar. La diferencia está en el entrenamiento, y el entrenamiento sigue pidiendo esfuerzo después de años. Con cumplir lo que te prometes pasa algo parecido: los dos músicos empezaron con el mismo potencial.

Ahora mismo hay algo que te prometiste. Una llamada, un correo, la cita del médico. Para mirarlo te basta este instante, sin juzgar toda tu vida: qué te prometiste, qué estás haciendo en su lugar y qué eliges ahora. Si quieres ir más hondo en lo que pasa ahí, empieza por para qué existe la procrastinación, por lo que ocurre cuando eliges otra cosa que también es tuya o por los tipos de procrastinación.